Lo que el agua se llevó (Drama en 3 capítulos)

Memorias flash Kingston Minimigo
Capítulo 1) Cansado de la lentitud de los viejos Zip Drives de Iomega, hace 2 o 3 años me compré un pendrive, de esos comunes, marca Kingston de 2 Gb. Me gustó el modelo Minimigo porque son muy pequeñitos y portables.
Al ser tan pequeñito y portable, tuve que engancharlo a un llavero para que adquiera un poco mas de cuerpo, ya que a veces no podía encontrarlo ni siquiera dentro del bolsillo de algún abrigo. Pero siempre me pareció fascinante poder llevar 2 (o mas) Gb. de datos en un pedacito de plástico tan diminuto y sin partes móviles.
El hecho es que el Minimigo (rebautizado por mi, y de ahora en adelante: Michimingo) funcionó impecablemente siempre, entre otras cosas creo, por haber sido comprado en un negocio de confianza y no a uno de esos mercachifles de Internet, ya que éstos venden en su mayoría cosas truchas, especialmente hablando de memorias y especialmente hablando de memorias Kingston, que creo que es la marca de memorias mas falsificada de la historia.
Esto fue así, hasta que un día mi Michimingo desapareció de los lugares que solía frecuentar. Se esfumó de mis bolsillos, cajones, bolsos de fotografía, escritorio, y estantes. Como en un momento pensé que mi gato Charlie, cachorro y juguetón podría haberlo encontrado y usado para su diversión personal, no dejé mueble sin levantar para ver si el minino lo había dejado olvidado por allí. Nada. Se desmaterializó.
Insistí mucho con esta búsqueda porque tenía data importante guardada en él, pero cuando me dí cuenta de que cada lugar que revolviera ya había sido registrado por mí anteriormente al menos 3 o 4 veces, me di cuenta de que había llegado el momento de elaborar el duelo, despedirme de mi Michimingo y reemplazarlo por otro parecido, de la misma marca, mayor capacidad y al que por supuesto también bauticé Michimingo, en honor al pequeñín desaparecido.
Capítulo 2) Una mañana, mientras desayunaba escuché fuertes ruidos en el lavadero de casa y acercándome con curiosidad y hasta temor, vi que el lavarropas corcoveaba como si fuera un potro indómito en medio de una jineteada. Escupía agua por todos lados y un tendal de espuma lo rodeaba como si fuera un charco de furia. La manguera de desagote se movía en agónicos espasmos tratando de soltar un chorro de agua que al no encontrar su cauce buscaba liberación formando el mencionado charco.
Cuando lo desconecte y logré que pare su frenético baile, me quedé mirando el desastre producido hasta que me puse a buscar el teléfono de un técnico que pudiera arreglarlo. Cuando al cabo de unos días el señor arreglador vino a casa y lo desarmó, previo diagnóstico a simple vista de obstrucción por cuerpo extraño, me muestra, como ya se imaginarán, un pequeño objeto oxidado y maltrecho que encontró taponando la manguera que conecta con la bomba de desagote. Si! era mi Michimingo!!!!

Mi pendrive perdió la carcaza protectora deslizante, pero no la dignidad.
Lloré de emoción, lo apreté contra mi pecho y con las mejillas húmedas le pagué al señor los doscientos ochenta mangos que me cobró por rescatar el cadáver de mi pequeñuelo y dejar otra vez en servicio a mi lavarropas.
Capítulo 3) Dejé secar muy bien a mi ahogada memoria flash y me quedé mirándola largamente. Le dije que como creía que nunca mas nos volveríamos a ver, tuve que reemplazarla. Le pedí perdón por eso. Le expliqué que aunque le doliera, no iba a deshacerme de mi nuevo pendrive, le pedí que lo entienda ya que debido a su accidente, ella había quedado impresentable e inservible.
Inservible? En ese momento vislumbré un destello en mi cabeza que generalmente ocurre cuando tengo o estoy por tener una idea macabra o brillante.
Recordé súbitamente la historia que había leído una vez, acerca de una cámara fotográfica submarina marca Nikonos (la acuática de Nikon) encontrada por un buzo en el fondo del mar, en algún lugar del caribe, con formaciones coralinas adheridas a su cuerpo, lo que inducía a pensar que llevaba algunos años conviviendo con Bob Esponja.
Una vez en la superficie, y puesta a secar convenientemente, esta cámara fue abierta, encontrándose un rollo de Kodachrome en su interior, que por supuesto fue revelado, brindando coloridas y hermosas imágenes que mostraban paisajes submarinos y escenas de personas a bordo de un yate. Una maravilla.
Estas fotos fueron publicadas en la prensa escrita (no existía Internet aún) y gracias a ello, apareció el dueño de la cámara quien contó que la había perdido en un viaje de placer, al caerse inadvertidamente por la borda del barco en el que viajaban, hacía ya efectivamente algunos años.
La Nikonos le fue comprada a su dueño por la empresa fabricante -ya que increíblemente todavía funcionaba a la perfección- y puesta en exhibición con fines de marketing, lógicamente. Las condiciones de estanqueidad de la cámara y la temperatura adecuadamente baja del fondo del mar hicieron que la Kodachrome encontrara condiciones ideales de almacenamiento, lo cual permitió que al revelarse, el resultado fuera impecable.
Con esta historia en la cabeza y mi Michimingo en la mano derecha me dirigí a mi computadora y con el corazón a paso redoblado lo enchufé en uno de los puertos USB.
Me quedé mirando con la respiración contenida, pero nada. No ocurrió nada. Murió definitivamente. Murió por el interminable lavado al que fue sometido o por la pena de haber sido reemplazado, pero murió, pensé.
Le dí un toquecito, una palmadita, como para compadecerme de él y en ese momento algo ocurrió: el led que indica conexión con el puerto hizo un único y breve destello.
Contuve la respiración y bajando mi ritmo metabólico cual ballena en las profundidades, le di otro toquecito. Michimingo respondió con 2 destellos como el ojo de Terminator ya destruído casi completamente pero resistiéndose a morir.
Al tercer toquecito el led comenzó a destellar intermitente, alegre e ininterrumpidamente, al tiempo que en la carpeta de drives de mi computadora aparecía la imagen: MICHIMINGO (K) !!!

Mi ventana de drives mostrando con la letra K: a mi pendrive pasado por agua, pero aun asi, completamente operativo
EPILOGO) Todo tuvo un final feliz: pude recuperar hasta el último byte que estuvo guardado en mi pendrive durante 7 meses (si, 7 meses!) en un permanente lavado, no solo sumergido durante mas de 200 días, sino girando y girando en interminables centrifugados, erosionado por potentes productos de limpieza, desinfectado por lavandinas varias y mimado con perfumados suavizantes textiles.
Valga entonces esta nota como un reconocimiento, no solo a la marca Kingston, sino al invento, al concepto de memoria flash de puerto USB que a ojos vista, parece prácticamente indestructible.
